PARTE II (Parte I abajo)
Publicado en https://revistaliterariasinapsis.wordpress.com/ediciones/edicion-8-seducidos-por-el-terror/
Un martes, tuve mi cuarta cita formal con Alessandra, al llevarla a su departamento, no subí con ella como de costumbre puesto que tenía que terminar algunas cosas del trabajo para el día siguiente; así que nos despedimos rápidamente, a pesar de sus malas caras y me fui a casa, bajo el diluvio del siglo a pesar de que estábamos a la mitad del mes de Mayo. Al llegar a la entrada, noté que la cerradura estaba ya abierta, entré callado, intentando no hacer ruido al mover la puerta. Chirrió pese a mis intentos. Caminé hacia el interruptor pero las luces no encendieron. Supuse que se había cortado la electricidad, tal vez a causa de algún trueno. Busqué unas velas en la cocina y me hice un sándwich a falta del microondas para calentar la comida que había dejado mi hermana en la nevera en caso de que “extrañara un día la comida de mamá”.
Fui a la sala, cené y encendí mi laptop, rogando que las tres horas de batería que le quedaban me sirviesen para algo. Empecé a llenar formularios, leyendo mis anotaciones románticamente bajo la luz de las velas, cuando una de estas se apagó. Podría jurar haber escuchado un silbido, pero no había habido ningún tipo de brisa que lo pudiese haber causado. Tomé otra de las velas y encendí la que previamente se había apagado. Continué trabajando.
Quince minutos después escuché el timbre, a pesar de no haber electricidad – ha de ser mi imaginación - pensé, continué trabajando. En ese instante volvió la luz y sonó de nuevo el timbre; me levanté y camine hacia la entrada, miré por el ojo de la puerta y no había nadie. Las luces fallaron fraccionadamente por unos minutos. Volví a mi asiento, enchufé mi laptop que no tenía mucho más de media carga y en ese instante las luces se apagaron por completo abruptamente, causando un corto en el cable de carga, fue entonces cuando escuché un ruido en mi habitación, algo cayendo al suelo, corrí y al abrir la puerta del cuarto allí estaba ella, Aless, desnuda bajo la luz de una luna oculta por nubes tormentosas.
- No puedo creer que me hayas dejado así, sabiendo tú que no puedo saciarme si te vas. – me dijo.
- ¿Qué haces aquí? ¿viniste bajo toda esta lluvia? ¿estás loca? – corrí a abrazarla porque a pesar de todo, yo también había quedado insatisfecho esa noche y no había dejado de pensar en su cuerpo caliente rozando descontrolado contra el mío. Pero al tocarla estaba helada y mojada. - ¡Dios! Aless, estás empapada, puedes enfermarte.
- Yo sé, fue la lluvia, pero… no podía dejar de pensar en ti. – Dijo mordiendo sus labios.
Bajo su mano por mi abdomen, mojando mi camisa y mis pantalones, me sujetó fuerte allí abajo y me miró a los ojos fijamente, pero irónicamente no con lujuria, parecía molesta. Intenté sujetarla para besarla y me empujó lejos de ella.
- Quiero que juguemos algo, amor. – dijo.
- Pero, cielo, ando con las cosas del trabajo y… - le dije
- Me jaló de la corbata con agresividad y dijo: - dije que quiero jugar contigo, nunca te he amarrado a la cama ¿cierto? – Me dejé llevar porque no era necesario molestarla esta vez, podía sentir su cuerpo expeliendo feromonas por toda la habitación. Me dejé amarrar con nudos de marinero a la cabecera de hierro de mi alcoba y lamía sus senos mientras se inclinaba para atarme.
Una vez que me tuvo abierto completamente y sin posibilidades de moverme, se aproximó a la cama, desde mis pies y cuando alzó la mirada, sus ojos estaban completamente negros, me turbé y en seguida volvieron a su estado natural, ella no pareció percatarse de nada, así que supuse había sido la falta de luz. Siguió acercándose hasta mí y comienzo a lamer mi sexo de arriba abajo, su lengua se sentía mucho más puntiaguda de lo normal pero divina de todos modos. Entraba y salía de su boca como la chupeta de una niña de seis, al tomar aire me gritaba que le dijera si me estaba gustando y volvía a sumergirse en mí. Levantó su cabeza y se sentó de frente a mí con las piernas abiertas. Fue entonces cuando pude claramente ver sus ojos, eran tan negros como una noche sin estrellas y me dijo:
- ¿Tú crees, Sebastián, que un ser humano que no puede saciarse nunca sexualmente, puede ser realmente humano? – yo estaba en trance, no podía creer lo que estaba viendo. Entonces continuó su monologo. - ¿Crees que soy de este mundo?
Su piel se tornó más oscura y sus uñas crecieron hasta llegar a tener al menos 7 centímetros cada una, sacó su lengua y era, definitivamente puntiaguda como la cola de una serpiente y dentro de su boca parecía haber lava como en el fondo de un volcán a punto de hacer erupción. Se levantó de la cama y chupó sus uñas una por una. Se llevó una hasta la punta entre su barbilla y el cuello y la hundió en su piel, cortándose y siguió bajándola como si esto no le causase ningún dolor, mientras que su piel chorreada litros de sangre quede sus arterias. - ¡Para! – Le grité, pero ella ya no estaba allí. Dejó su piel en el suelo y lo que quedó parecía estar cubierto en algas, con un escamoso y tieso cuerpo bajo estas. Se abalanzó sobre mí. Y con su rostro de monstruo frente al mío, sonrió, mostrando unos dientes más puntiagudos de lo que serían los colmillos de un vampiro, giró su cuello 180 grados sin mover su cuerpo, se inclinó y sentí como un dolor caliente corría por mi entrepierna, luego sentí que eso caliente era líquido, pensé que moriría del dolor, casi desmayaba cuando ella se irguió nuevamente y giro su cabeza de vuelta a su lugar, vi entonces porqué tenía tanto dolor, entre sus dientes puntiagudos y sonrientes yacía, muerto y flácido, mi pene. Se rio con todas sus fuerzas y el estremecimiento de la burla me ayudó a desmayarme al fin y al cabo.
Desperté en mi habitación, con las nubes aún nubladas. Mi alarma decía que era martes. No sentía dolor, así que revisé bajo las sábana, y allí estaba, mi mejor amigo intacto e irónicamente con una gran erección matutina a pesar de haber tenido semejante pesadilla. Pero en fin, supongo que estas son el tipo de cosas con las que puede soñar un hombre cuando su novia es una ninfómana.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Crónica de cómo conocí a mi ninfa
PARTE I
Publicado en https://revistaliterariasinapsis.wordpress.com/ediciones/edicion-7-la-odisea-del-romanticismo/
No, no es lo mismo que te guste el sexo a que seas malditamente adicta. Hiperactivamente hipersexual. Bellísima. Empecé a salir con Alessandra en enero de este año. La conocí por Layla; una amiga del trabajo. Fue en la noche de navidad en la que me reuní con unos compañeros en el patio de mi casa. Llegó mucho después de que estuviésemos todos instalados; pasadas las ocho de la noche. Entró con un suéter carmesí a juego con su labial y unas botas marrones para el frío.
Layla parecía molesta:
–Te presento a mi amiga Alessandra Mussi, Sebastián. Hubiese llegado más temprano, te lo juro, pero cuando llegué al departamento de Ale, bueno… - dudó – ella aún no estaba lista y tuve que subir a ayudarla con algunas cosas.
- Lo importante es que ya están acá–, dije – espero que disfruten y bienvenidas a mi hogar, dulce hogar. – Les hice un guiño y me alejé, disimulado pero lo suficientemente rápido para bajar a los hijos de mi jefe de la escalera de bastones de navidad que formaba parte de mi decoración.
Ella se sentó en el bar, inquieta, no dejaba de mover los pies, pero no separaba su entrepierna por nada. Se mordía los labios y pasaba las uñas desde su frente hasta la parte de atrás de su cabeza en un gesto ansioso, sensual. Iba al baño con frecuencia y regresaba relajada, supuse que sufría de incontinencia o algo similar. A un cuarto para las doce, varias compañeras llevaron a los niños a dar una vuelta y fue cuando me acerqué a ella.
- ¿No te agradan mucho los niños? –pareció impresionada por la cercanía pero en seguida se tornó calmada de nuevo. – ¿no te agrada la navidad?
- Digamos que prefiero entornos más íntimos.
- Bueno, los niños no durarán mucho más después de los regalos ¿qué te parece si te quedas con nosotros otro rato y tal vez así nos podamos conocer un poco mejor?
- Ya veremos… Sebastián ¿no?
Tal y como lo había predicho, a las doce y media no quedaban casi personas en la reunión, y a la una, Layla anunció su despedida. Por suerte, Alessandra no se fue. Le serví una copa y pudimos conversar en un ambiente más íntimo.
Honestamente, no estoy seguro de que pasó después. Al vernos solos intuyó mis intenciones y se apropió de ellas: desvistiéndome, jalando los pantalones de mi traje hacia abajo, abriendo mi camisa con los dientes y reventando los botones uno por uno. Le alcé para llevarla al segundo piso pero se rehusó, parecía molesta de tener que prolongarlo más. Me tiró sobre el sofá más cercano y empezó a ahorcarme con una mano, mientras que con la otra bajaba mi ropa interior para descubrirme muy emocionado. Empecé a gemir por inercia y eso pareció ser un punto débil para ella, que clamaba por más con sus labios carmesí y su lengua ansiosa.
Desperté en medio de la cocina, con la cabeza cerca del horno y rodeado de trapos que aparentemente cayeron al suelo por nuestro golpeteo continuo. Me fijé en que mi compañera no tenía más que un par de ojos de frustración clavados en el techo. No pudo haber sido tan malo, pensé, recordé sus ojos volteados repetidas veces y su respiración entrecortada con su cuerpo tenso en medio de un orgasmo mientras la lamía. No fue en absoluto malo ¿cómo podía tener esa cara?
A la mañana siguiente le ofrecí desayuno y transporte, todo lo rechazó y salió disparada a buscar un taxi. Pensé que no la volvería a ver. Pero en enero del 2015; mientras caminaba al parque donde suelo trotar en las mañanas, saliendo de un edificio, la volví a ver con la misma cara de insatisfacción de aquella noche. La llamé pero no me escuchó, caminé tras ella un par de cuadras hasta que dobló en una esquina, al llegar allí me detuve y viré. Bajé por unas escaleras que se dirigían a un establecimiento en el sótano de un edificio. Caminé por lo que parecía ser una clínica, se me acercó una enfermera preguntando si podía ayudarme en algo; le dije que venía recomendado por una amiga, Alessandra Mussi, quien estaría allí a esa hora. Ella me señaló el camino y entré a una habitación color azul cielo, con quince sillas ordenadas en círculo casi todas ocupadas. En cuanto me vio, pareció asustada, se levantó rápido, me tomó del brazo y me sacó a regañadientes.
- ¿Qué clase de enfermo eres?
- Ninguno, vengo a esta reunión.
- Pues no anunciaron nuevos miembros. Además, tú no eres ningún satiriaco.
- ¿Qué es eso? ¿Hacen cuentos mitológicos aquí?
- No, imbécil, satiriaco, satiriasis, adicción al sexo. No me mires así, no necesito tu perversión o tu lástima, me masturbe ocho veces antes de venir a acá y estoy limpia.
- Yo… no quise insultarte, sólo, te quería saludar… la pase muy bien aquella noche y, espera ¿adicta?
- ¿Realmente adicta? Eso es bastante interesante, no me lo hubiese imaginado, aunque para serte honesto, me siento aliviado, pensé que no la habías pasado bien. – iba a reírme de mi comentario pero no me dio tiempo porque me zampó una cachetada mientras me llamaba imbécil.
Se quedó viéndome fijamente, enojada, volvió a jalarme de la camisa y corrimos por un pasillo a la derecha y luego a la izquierda, llegamos a un closet de servicio, me introdujo en él y molesta, muy molesta, se desahogó. Era impresionante cuando se enfadaba, no me dejaba mover; era como tomar éxtasis y que todo lo que está a tu alrededor confabulase para asombrarte.
Me enteré al día siguiente, conversando con ella en su habitación, que iba a ser su primera reunión, me culpó por no poder asistir y se molestó. Se siguió molestando conmigo y aprendí a llevarle siempre la contraria, porque verla desnudarse desesperada y acercarse a apretar fuerte lo más duro de mí, sabiendo que no me dolía sino que como a ella, me frustraba y me dejaba sin más remedio que buscar más, no tenía precio.
Mi nombre es Sebastián y mi novia es una ninfómana
Publicado en https://revistaliterariasinapsis.wordpress.com/ediciones/edicion-7-la-odisea-del-romanticismo/
No, no es lo mismo que te guste el sexo a que seas malditamente adicta. Hiperactivamente hipersexual. Bellísima. Empecé a salir con Alessandra en enero de este año. La conocí por Layla; una amiga del trabajo. Fue en la noche de navidad en la que me reuní con unos compañeros en el patio de mi casa. Llegó mucho después de que estuviésemos todos instalados; pasadas las ocho de la noche. Entró con un suéter carmesí a juego con su labial y unas botas marrones para el frío.
Layla parecía molesta:
–Te presento a mi amiga Alessandra Mussi, Sebastián. Hubiese llegado más temprano, te lo juro, pero cuando llegué al departamento de Ale, bueno… - dudó – ella aún no estaba lista y tuve que subir a ayudarla con algunas cosas.
- Lo importante es que ya están acá–, dije – espero que disfruten y bienvenidas a mi hogar, dulce hogar. – Les hice un guiño y me alejé, disimulado pero lo suficientemente rápido para bajar a los hijos de mi jefe de la escalera de bastones de navidad que formaba parte de mi decoración.
Ella se sentó en el bar, inquieta, no dejaba de mover los pies, pero no separaba su entrepierna por nada. Se mordía los labios y pasaba las uñas desde su frente hasta la parte de atrás de su cabeza en un gesto ansioso, sensual. Iba al baño con frecuencia y regresaba relajada, supuse que sufría de incontinencia o algo similar. A un cuarto para las doce, varias compañeras llevaron a los niños a dar una vuelta y fue cuando me acerqué a ella.
- ¿No te agradan mucho los niños? –pareció impresionada por la cercanía pero en seguida se tornó calmada de nuevo. – ¿no te agrada la navidad?
- Digamos que prefiero entornos más íntimos.
- Bueno, los niños no durarán mucho más después de los regalos ¿qué te parece si te quedas con nosotros otro rato y tal vez así nos podamos conocer un poco mejor?
- Ya veremos… Sebastián ¿no?
Tal y como lo había predicho, a las doce y media no quedaban casi personas en la reunión, y a la una, Layla anunció su despedida. Por suerte, Alessandra no se fue. Le serví una copa y pudimos conversar en un ambiente más íntimo.
Honestamente, no estoy seguro de que pasó después. Al vernos solos intuyó mis intenciones y se apropió de ellas: desvistiéndome, jalando los pantalones de mi traje hacia abajo, abriendo mi camisa con los dientes y reventando los botones uno por uno. Le alcé para llevarla al segundo piso pero se rehusó, parecía molesta de tener que prolongarlo más. Me tiró sobre el sofá más cercano y empezó a ahorcarme con una mano, mientras que con la otra bajaba mi ropa interior para descubrirme muy emocionado. Empecé a gemir por inercia y eso pareció ser un punto débil para ella, que clamaba por más con sus labios carmesí y su lengua ansiosa.
Desperté en medio de la cocina, con la cabeza cerca del horno y rodeado de trapos que aparentemente cayeron al suelo por nuestro golpeteo continuo. Me fijé en que mi compañera no tenía más que un par de ojos de frustración clavados en el techo. No pudo haber sido tan malo, pensé, recordé sus ojos volteados repetidas veces y su respiración entrecortada con su cuerpo tenso en medio de un orgasmo mientras la lamía. No fue en absoluto malo ¿cómo podía tener esa cara?
A la mañana siguiente le ofrecí desayuno y transporte, todo lo rechazó y salió disparada a buscar un taxi. Pensé que no la volvería a ver. Pero en enero del 2015; mientras caminaba al parque donde suelo trotar en las mañanas, saliendo de un edificio, la volví a ver con la misma cara de insatisfacción de aquella noche. La llamé pero no me escuchó, caminé tras ella un par de cuadras hasta que dobló en una esquina, al llegar allí me detuve y viré. Bajé por unas escaleras que se dirigían a un establecimiento en el sótano de un edificio. Caminé por lo que parecía ser una clínica, se me acercó una enfermera preguntando si podía ayudarme en algo; le dije que venía recomendado por una amiga, Alessandra Mussi, quien estaría allí a esa hora. Ella me señaló el camino y entré a una habitación color azul cielo, con quince sillas ordenadas en círculo casi todas ocupadas. En cuanto me vio, pareció asustada, se levantó rápido, me tomó del brazo y me sacó a regañadientes.
- ¿Qué clase de enfermo eres?
- Ninguno, vengo a esta reunión.
- Pues no anunciaron nuevos miembros. Además, tú no eres ningún satiriaco.
- ¿Qué es eso? ¿Hacen cuentos mitológicos aquí?
- No, imbécil, satiriaco, satiriasis, adicción al sexo. No me mires así, no necesito tu perversión o tu lástima, me masturbe ocho veces antes de venir a acá y estoy limpia.
- Yo… no quise insultarte, sólo, te quería saludar… la pase muy bien aquella noche y, espera ¿adicta?
- ¿Realmente adicta? Eso es bastante interesante, no me lo hubiese imaginado, aunque para serte honesto, me siento aliviado, pensé que no la habías pasado bien. – iba a reírme de mi comentario pero no me dio tiempo porque me zampó una cachetada mientras me llamaba imbécil.
Se quedó viéndome fijamente, enojada, volvió a jalarme de la camisa y corrimos por un pasillo a la derecha y luego a la izquierda, llegamos a un closet de servicio, me introdujo en él y molesta, muy molesta, se desahogó. Era impresionante cuando se enfadaba, no me dejaba mover; era como tomar éxtasis y que todo lo que está a tu alrededor confabulase para asombrarte.
Me enteré al día siguiente, conversando con ella en su habitación, que iba a ser su primera reunión, me culpó por no poder asistir y se molestó. Se siguió molestando conmigo y aprendí a llevarle siempre la contraria, porque verla desnudarse desesperada y acercarse a apretar fuerte lo más duro de mí, sabiendo que no me dolía sino que como a ella, me frustraba y me dejaba sin más remedio que buscar más, no tenía precio.
Mi nombre es Sebastián y mi novia es una ninfómana
miércoles, 2 de julio de 2014
Pensando en ti a medianoche de un martes
A él le gusta que le hable bonito de noche y de día,
yo le digo que no joda tanto, que se
apure con la bebida.
Pero voy arrepentida y le escribo un
poema,
dice que está ocupado.
Lo amo.
Viene con insomnio y le beso el cuello,
para no dejarlo dormir,
le consiento las ocurrencias,
le rozo la espalda desnuda.
Sin especificar quién lo está.
Me ama.
Y entonces llega y me tira del camisón,
me jala lento hacia él y me besa la
frente.
Actuamos como si supiésemos dormir
juntos.
Pero no sabemos,
nos volteamos a media noche para
abrazar almohadas.
Nos amamos.
Se hace difícil.
Y si no fuese tan intenso,
no me sentiría tan drogada.
Si fuese sencillo no sabría apreciar y
apretarte bien cerca de mí,
¿Me amas? Yo te amo, contéstame, bobo
¿Crees tú que nos amamos?
sábado, 17 de mayo de 2014
El juego de la sábana
Tiende la
cama. Tiéndela y piénsala mientras lo haces ¿Cómo es que olía anoche después
del Bourbon? ¿Cuántas escaleras logró subir sin ayuda? ¿Cuántas veces te
preguntó tu nombre?
Nómbrala entre susurros y rugidos, tiéndela
sobre la cama. La tuya. La de ella. La del motel y las que inventaron en la
sala también; vívela, siempre y cuando las sábanas estén desordenadas sólo al
acabar (la).
Acábala en
un dos por tres, pero no acabes en 6, recuerda siempre que lo que acaba en 6 es
malo como las camas destendidas al empezar. Así que, con tu acento extranjero y
pasos de jazz, tiéndela en la cama y con delicadeza búscale (o
dale) la vuelta.
Vuelve
cuando sientas que se te va y piensa lo hermosa que se ve al natural, quítale
los aretes con la lengua (todos los que tenga), dile que no tiene permiso y
tiéndela sobre la cama, con las almohadas alrededor para que tenga qué m...
para que tenga donde reposarse mientras todo funciona.
Pero si no
funciona, si se niega y todo sale mal; entonces es hora de ser muy malo y
destender la cama, de tirar (la) las sábanas al suelo y no acabar
(la) sino luego de 66 mas, tal vez 3 (recuerda que la medida del tiempo es
subjetiva, como todo, mi querido Watson). Usa tu lengua para todo menos para
quitarle los zarcillos y dale permiso para morder.
Después de
todo, tiéndanse sobre la cama, mañana hay que (des) tender de nuevo las sábanas.
viernes, 18 de abril de 2014
Te quiero con "monte y culebra"
Me
ha tocado en muchas oportunidades pasar llorando debajo de la lluvia, ¿Saben?
Esas veces vergonzosas en las que tienes la cara hinchada y ves borroso. En las
que la gente de la calle va caminando cargando bolsas de supermercado, con sus
hijos, y nadie voltea sino es por el rabillo del ojo por si te están siguiendo;
esa muchacha triste puede estar drogada. Especialmente si estas en Caracas.
Una de las tantas tardes de este año, me sentí
encerrada al aire libre. Soy de Maracay tuve que mudarme (por favor no me
secuestren por decir donde vivo) a Caracas, a esa Venezuela que se cree aparte
y exclusiva, a esa ciudad
cuya gente se queja de la gente y cuando les preguntas qué es lo más bello de
Caracas te dicen: “su gente”.
De Palo Verde a Gato Negro, tiene estaciones de
llenas de personas compran Trident a mitad de precio y dudosa procedencia
mientras se quejan de que el metro solo pasa propaganda política; suena al
fondo “Absténgase de practicar la mendicidad y
la buhonería dentro de las Estaciones, Trenes…”
El caraqueño es un bipolar por naturaleza y no me
refiero al desorden psicológico, sino a literalmente un grupo de personas que
viven confundidas porque coexisten en diversos ambientes a la vez. Estás en
Parque del Este, viendo a las abuelitas hacer yoga en plena paz; caminas dos
cuadras y hay un accidente; un carro atropella una moto, se baja el motorizado
y aparecen 6 más, uno tiene un arma. A la mañana siguiente te entregan el
“Ciudad Caracas” (gratis en el metro) y el enunciado es “Motorizados del pueblo
son atacados por fascistas del este, gracias a nuestro gobernador todos los gastos
han sido cubiertos”.
Pero como dice nuestro presidente “parece que
hubiera dos Venezuelas, una
optimista que confía y que trabaja sobre la base de la fe y la confianza y otra
que cae en el desengaño con el discurso caótico”. Entonces, dicho
discurso es el que se escucha, en el metro bus cuando vas vía tu casa a las
6pm, de la boca de las señoras chismosas “tuvo que pagarle no sé cuantos palos
al tipo pa’ que lo dejaran quieto, tenía al niño en la parte de atrás del
carro. Con todo y muchachito se tuvo que llevar al malandro pa’ la clínica.”
Abro paréntesis, me parece
importante recalcar que aquello que llaman la “plaga de dos ruedas” no puede
ser considerada en general el hampa del país, y eso no lo entendí hasta que leí
a una de mis twitteras favoritas (y además graduada de mi universidad) Laura
Solórzano. Ella opina que “Sí, ellos están claros que aquí el problema de la
inseguridad no es porque haya o no motos, el problema es que existe 90% de
impunidad en Venezuela…” y más abajo dejo el link para quienes les interese el
por qué de, como le dije a mi mamá, NO TODOS LOS MOTORIZADOS SON MALANDROS.
No me gusta Caracas, nunca me
gustará; pero esta ciudad te causa eso que llaman adicción. Cuando vuelvo a
Maracay me aburro infinitamente y me quejo porque no encuentro restaurantes
abiertos un jueves a las 11pm. Me estresa que todas las tiendas tengan la misma
ropa y que nunca encuentro refrescos light. Entonces lo que hago es salir a la
calle, morirme del calor y ponerme a llorar mientras un montón de extraños me
preguntan en la camioneta si algo me pasa, si estoy bien. Cosa que ni Caracas,
ni su metro, ni la gente que no conozco me va a ofrecer. En primer lugar porque
si alguien me habla en el metro, meto la mano en el bolsillo a ver si todavía
tengo las llaves; en segundo lugar porque, cuando estoy en este calor empiezo a
sentir una brisa que me dice que cada día, Maracay, te pareces más a la caótica
que no tiene ni monte, ni culebra.
LINK DE LAURA S. “Por qué defiendo a los
motorizados”
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